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BUCANERITA

No subió...

No subió... No subió muy alto, desde joven partieron sus alas. Se aferró a un águila para volar, el no va más de la perfección, el arquitecto del amor, la maquina pensante de la seducción. Pobre pichón confiado que pretendía escapar de su palomar.

El águila le posaba en la cueva oscura de la espera donde el pichón soñaba. Sus alas pocos ungüentos recibían para la cura, no podía atreverse a volar. Los verdes prados, las agrestes montañas, los cristalinos ríos y las playas doradas, sólo cabían en su imaginación.

La oscuridad de la cueva ha ido destruyendo sus ilusiones. La herida de sus las alas se ha hecho más profunda. Ya no se queja, ya no espera la extraña visita del águila. Sólo siente una presión diaria en su cabeza, algo le anuncia que no es una presión cualquiera, que puede tener el nombre terrible de la muerte.

¿Terrible? Quizá sea la culminación de un sueño no soñado, quizá ese día encuentre una luz que le haga entender el vuelo del águila. Puede que al traspasar esa barrera que tanto teme, el águila comprenda esa mirada. Tarde, tarde para el águila; nunca para el pichón herido que no llegó a paloma.

¿Cuánto durará la espera de la muerte? ¿Cuándo la presión de la cabeza no le dejará despertar?

Sakkarah

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